La crisis civilizatoria Por Carlos Wilkinson.

LA CRISIS CIVILIZATORIA

Desde hace un tiempo y, particularmente, desde la manifestación de la crisis financiera mundial, se empezó a señalar que estamos ante la presencia de una “crisis civilizatoria”. Con el uso de este nuevo término, se insinúa que ya no alcanzaría, para caracterizar la crisis mundial que estamos atravesando, con los ya conocidos conceptos de crisis financiera global o crisis del capitalismo. Se alude en forma no muy clara todavía, al aparente debilitamiento inevitable de las formas de pensar, sentir y actuar colectivas a que estamos acostumbrados y, eventualmente, al avance de fuerzas de distinto tipo, que tienden a modificarlas sustancialmente. Pero ¿cuál es la civilización que estaría en crisis? ¿Cuáles son sus características centrales? ¿Cuáles las formas de vida, las maneras de pensar, de sentir y de actuar, y los sistemas sociales que las estructuran, que estarían en camino de desaparecer? ¿Cuáles los principios organizadores de la vida colectiva que estarían en proceso de cuestionamiento y revisión y porqué? Y, más importante aún, ¿Cuáles son las nuevas formas de vida colectiva que podrían emerger de su eventual hundimiento? Ciertamente no es nada fácil responder estas preguntas, pero intentemos, por lo menos, empezar a reflexionar sobre ellas. Propongo las siguientes afirmaciones para iniciar la discusión.

 

Los ciclos civilizatorios

Todas las civilizaciones humanas conocidas germinaron, nacieron, crecieron, alcanzaron su madurez y luego declinaron hasta desaparecer. Según el sociólogo ruso Sorokin las leyes internas que guían esta dinámica, serían más o menos las siguientes. Toda civilización se funda en principios organizadores de la vida colectiva característicos, que la diferencian de otras que las antecedieron o que les son contemporáneas. Estos principios, por necesidad, reconocen y adjudican valor a ciertos aspectos de la realidad y desconocen o desvalorizan otros. Esto es lo que le da un perfil específico a cada civilización: un conjunto integrado de formas propias de ver y actuar sobre la realidad, que identifica dicha civilización, diferenciándola de otras. Tal visión y forma propia de ver y actuar sobre la realidad, es lo que le otorga su fuerza transformadora en un momento dado, a la vez que constituye una limitación ineludible para su permanencia indefinida en el tiempo.

Cuando una civilización nueva empieza su ciclo, estos principios tienen que lograr una coherencia lógico significativa capaz de resultar atractivos respecto a las formas de vida ya establecidas, a las que tiene que enfrentar; estamos en la etapa de gestación.

Luego tiene que “combatir” los principios existentes, hasta alcanzar un poder de convicción y coacción, que le alcance para imponer los nuevos principios como los únicos válidos; estamos en la etapa de nacimiento.

A partir de allí debe empezar a desplegar todo su potencial transformador para organizar la sociedad según esas nuevas formas; llegamos así a la etapa de crecimiento. Este momento tiene la particularidad de que, más allá del despliegue de las nuevas formas de sentir pensar y actuar, estas conviven con el remanente de las formas de vida anteriores, las cuales, si bien pierden preponderancia, no desaparecen; por lo que actúan como contrapeso equilibrante y moderador de las nuevas.

Cuando, finalmente, las viejas formas se diluyen y desaparecen completamente, implantándose de modo pleno las formas de vida generadas por la nueva civilización, ésta alcanza la etapa de madurez; ya no encuentra obstáculos para el desenvolvimiento completo y ad infinitud de sus principios, sobre las sociedades que la sustentan.

Pero, paradójicamente, a medida que avanza en su madurez, llega al punto de no retorno, que es el momento en que comienza su declinación. Porque al desenvolver plenamente sus principios sin ningún tipo de limitaciones, comienza a desequilibrar la vida colectiva, llevando al extremo una línea unidireccional de desarrollo humano, a costa de todas las otras dimensiones posibles de la vida colectiva. Dicho de otra manera, cualquier civilización – que reconoce y adjudica valor a ciertos aspectos de la realidad y desconoce o desvaloriza otros – en el mismo momento en que se implanta plenamente, se queda sin nada que balancee, equilibre, limite u oponga resistencia a las formas unilaterales de vida que establece. A partir de ese fenómeno, los principios organizadores básicos de la nueva civilización, empiezan a extralimitarse. De esa manera llega un momento en que los beneficios que se derivaron de sus principios, se convierten en perjuicios; por el desequilibrio que producen en la vida humana colectiva, que, como todos sabemos, es compleja y multifacética.

Así, la civilización que en algún momento fue vista y vivida como llena de promesas y, más adelante, como panacea, empieza a ser experimentada, por quienes la soportan, como generadora de daños y, al seguir su curso de desarrollo unilateral, como crecientemente perjudicial o perniciosa. Un nuevo conjunto de resistencias y críticas empiezan a surgir y crecer, hasta llevarla, finalmente, desde la declinación hasta la muerte. Muerte que coincide habitualmente con el surgimiento de un nuevo núcleo civilizatorio que inicia su ciclo renovador y transformador, sobre las cenizas del anterior.

 

La civilización del Progreso

El núcleo lógico significativo y valorativo de la actual civilización, su idea fuerza esencial, es el Progreso. Y el sustrato fundante de dicho progreso, es el incremento constante de la producción y circulación de bienes. Este principio organizador tiene varias derivaciones inmediatas. Acentúa el carácter productivo y consumidor del ser humano por sobre otras dimensiones de su existencia; resalta el potencial de la naturaleza como proveedora de bienes, por sobre su compleja trama existencial y vital; prioriza el intercambio de bienes y, consecuentemente, el mercado, por encima de toda otra actividad social; establece el lucro y el cálculo costo/beneficio como el motivador principal de la acción de las personas; y posiciona el predominio de la razón calculadora, sobre toda otra facultad humana. Razón y cálculo que, corporizadas en la ciencia y la tecnología, se constituirán en la herramienta fundamental del incremento constante del lucro en la producción y el intercambio de bienes, es decir, en el Progreso.

Esta civilización hoy en crisis, tiene un largo camino hecho en la historia de la humanidad. Se gestó en Europa allá sobre fines de la edad media, nació en el renacimiento, creció con las conmociones internas de Europa y su expansión sobre las otras sociedades que habitaban el planeta, alcanzó su madurez en la época victoriana y comenzó a insinuar sus primeros signos de declinación a partir de las grandes guerras europeas, llamadas mundiales. Esas que cristalizaron en la división del mundo en dos mitades antagónicas, la capitalista y la comunista; ambos fieles continuadores del Progreso por distintas vías. Y luego de la caída de los muros – el de Berlín y el de la bolsa de Nueva York – parece avanzar a pasos acelerados hacia la generación de resistencias cada vez mayores, que anuncian una complicación creciente de su desenvolvimiento.

Lo más significativo hoy de este largo ciclo civilizatorio de cinco siglos, es que la creencia en el progreso indefinido, su idea fuerza central, que aseguraba un futuro siempre mejor, con mayor cantidad de bienes disponibles para todos y una sociedad humana cada vez más racional, naufragó hace años en los océanos de la historia humana. Basta preguntar a cualquier habitante del planeta en la actualidad si cree que el futuro va a ser mejor que el presente, y se podrá constatar que la convicción del progreso, cuya certeza era incuestionable para nuestros abuelos, ha quedado deshilachada, cuando no directamente suplantada por la convicción contraria. Con el naufragio de su idea fuerza central, los cimientos mismos de la civilización moderna, su atractivo y su poder de convencimiento, quedaron quebrados. Hoy todas sus creaciones – sacrosantas e intocables hasta ayer – como la ciencia, los bancos, las redes comerciales y las repúblicas, están fuertemente cuestionadas y en crisis, a causa de este profundo quiebre.

 

La exacerbación de la civilización progresista

Sin embargo – como no podía ser de otra manera – en medio de la ruptura de sus cimientos, el eje dinámico de esta civilización y los sectores de poder, promotores y beneficiarios de ella, es decir, el mundo de los negocios, viene adquiriendo una influencia totalmente descontrolada sobre la vida de la humanidad. Una influencia que profundiza y extiende cada vez más la preponderancia de los negocios, sobre todos los ámbitos de la vida humana, hasta trastocarlos y corromperlos completamente. Generando así reacciones ocultas de un enorme poder transformador. Un antecedente histórico interesante sobre lo que produce en una civilización esta exageración sin límites de sus líneas directrices, es lo que sucedió con la civilización católica medieval, la llamada cristiandad, después de su época de oro. Cuando el poder de la jerarquía eclesiástica extendió sin límites la influencia de la religión sobre todos los otros aspectos de la vida humana, a tal punto que ninguna actividad podía realizarse sin su visto bueno, generó una cantidad tan grande y multifacética de resistencias y reacciones ocultas y crecientes, que bastó una chispa – en este caso un monje que se opuso al aseguramiento de la vida en el otro mundo – para que todo el andamiaje civilizatorio de varios siglos, saltara hecho pedazos; dando lugar al posterior surgimiento de un nuevo ciclo civilizatorio.

Algo parecido está sucediendo ahora con la civilización moderna. El componente de desarrollo del mundo material que contenía en germen la civilización moderna, desde sus inicios, proveyó a la humanidad de una cantidad y variedad de bienes nunca vistos. Pero luego de vencer todos los obstáculos y resistencias, y de licuar o diluir todas las formas de vida que le resultaban extrañas, ha cobrado una preponderancia y exclusividad tan desequilibrante, que se ha convertido en una amenaza. El mundo de los negocios, desde mediados del siglo XX en adelante, ocupó de modo exclusivo el centro mismo de la dinámica civilizatoria y acelera crecientemente la velocidad de su marcha sin ningún control, causando cada vez más daños y más profundos, a la humanidad y al planeta que la sustenta. Unos pocos ejemplos sirven para ilustrar este proceso de aceleración.

Hace medio siglo atrás, los deportes, por ejemplo, eran todavía un ámbito de juegos competitivos en los que la formación de la personalidad y la salud mental y física de sus actores y sus públicos, jugaban un importante papel. Infinidad de espacios físicos y sociales se destinaban a esta actividad humana casi tan antigua como la humanidad. Hoy, medio siglo después, todo el andamiaje institucional de lo que en algún momento fue el deporte, fue absorbido por los negocios del espectáculo, de la compra venta de jugadores, de las “escuelas deportivas” etc. De manera que ésta actividad humana ha sido vaciada casi completamente de su contenido específico, y sus funciones y finalidades sociales han sido alteradas hasta hacerlas irreconocibles. Un caso más preocupante aún, es el del ejercicio de la medicina. Hasta la generación de nuestros padres los médicos y todo el sistema institucional de la salud se orientaban a curar y en muchos casos a prevenir la enfermedad. Desde hace un tiempo a esta parte, la industria farmacéutica y las estructuras médicas formativas y ejecutoras, han convertido al sistema sanitario en un monstruoso complejo de negocios, donde lo que mueve y orienta todo el sistema es la búsqueda del lucro en cada eslabón de la “cadena de valor”. Consumo de medicamentos al por mayor, operaciones en serie, prestigiosos congresos financiados por las industrias farmacéuticas que dictaminan la “cientificidad” de sus ponencias, siempre ligadas a nuevos medicamentos o tratamientos a vender, constituyen apenas algunas instancias, de esta compleja trama de negocios que alteró sustancialmente la relación médico paciente y, peor aún, la relación de cada individuo y de la sociedad con su salud. Los llamados “agronegocios”, por poner otro caso, están ejerciendo tal influencia sobre las producciones agropecuarias del mundo en las últimas décadas, que la viejísima actividad humana de procurarse alimento a través del cultivo, se encuentra seriamente amenazada. Y así todos los ámbitos de la vida humana se están viendo alterados y corrompidos, cada vez más aceleradamente, por el predominio creciente de “los negocios” como principio organizador exclusivo de la vida humana colectiva. De más está decir que el giro financiero de una cantidad de dinero varias veces superior a todo el dinero mundial dedicado a la producción y comercialización de bienes, es la muestra final del sin sentido a que nos está llevando la exageración ad infinitud de los principios fundantes de la civilización moderna, hoy total y absolutamente desbocados y desequilibrantes.

 

Resistencias y reacciones crecientes

Quien se tome el trabajo de recorrer las ideas críticas sobre la sociedad, existentes durante la primera mitad del siglo XX, podrán verificar que prácticamente ninguna de cierta relevancia, ponía seriamente en tela de juicio el fundamento mismo de la civilización del Progreso. A nadie siquiera se le ocurría pensar que el camino de producir e intercambiar cada vez más bienes, de desarrollar cada vez más tecnología y más ciencia y de lograr instituciones políticas republicanas y democráticas cada vez más perfectas, no era el adecuado. Hoy, apenas cincuenta o sesenta años después, todas estas maneras colectivas y sistémicas de pensar sentir y actuar están, como ya dijimos, en tela de juicio. Más aún, ya empiezan a aparecer en el horizonte intelectual algunos bosquejos, todavía débiles e incompletos pero atractivos, de lo que sería un mundo completamente diferente al actual. Y las reacciones sociales a las consecuencias del avance de los negocios sobre la vida de la humanidad en el planeta, se hacen cada vez más frecuentes, masivas, globales e intensas. Si bien la consigna “otro mundo es posible” no es más, todavía, que una declaración de buenos deseos, pone de manifiesto la orientación hacia un cambio sustancial de la forma de vivir que gran parte de mentes brillantes y masas humanas crecientes, empiezan a tomar.

Y este cambio en la conciencia y al accionar mundial es, bien mirado, la contracara de la exacerbación de los principios de la civilización progresista sobre el planeta, que se registró a partir de mediados del siglo pasado. El mundo de los negocios, al igual que en su momento la jerarquía eclesiástica, comienza a ser claramente identificado como el generador y sostenedor de males crecientes para la humanidad, y a constituirse en el blanco de las críticas más acerbas.

Todo indica que, en la misma medida en que la expansión y profundización desbocada del mundo de los negocios siga avanzando, las reacciones aumentarán en profundidad extensión e integración. Hasta que una chispa haga estallar el aparato civilizatorio establecido, el empantanamiento creciente de la dinámica civilizatoria progresista, promueva el desarrollo de un nuevo ciclo civilizatorio transformador.

 

Los nuevos paradigmas y el continente de la esperanza

Sería pretencioso pretender formular los nuevos paradigmas que dominarán el futuro de la humanidad. Pero algunas ideas fuerza totalmente diferentes a las predominantes en la civilización del progreso, parecen afirmarse en la conciencia de la población mundial.

Desde ámbitos completamente distintos y hasta aparentemente antagónicos, comienzan a establecerse convicciones nuevas que constituirán, probablemente, las bases de un nuevo ciclo civilizatorio que está en plena gestación.

Por solo mencionar algunos de ellos, parece que un concepto distinto del ser humano, de la naturaleza y de la organización social, empiezan a tomar fuerza y cobrar atractivo en los pueblos del mundo, incluidos los pueblos de los países que encabezaron y dominaron este ciclo civilizatorio hoy decadente.

Desde nuevas corrientes psicológicas, sociológicas y antropológicas, hasta renovadas creencias religiosas y cosmológicas milenarias, pasando por infinidad de visiones y prácticas nuevas, orientadas a alcanzar de mil formas diferentes la felicidad humana, la visión del hombre sobre sí mismo se está transformando sustancialmente. El concepto de ser humano consumista dominado por la razón calculadora, parece cada vez menos atrayente. En su lugar un ser humano en el que las emociones, los sentimientos y su vinculación religioso/cosmológica con el universo, a través de milenarias o novísimas concepciones y prácticas, parece cobrar cada vez mayor relevancia, abonando un universo de aspiraciones humanas distintas a las dictadas por la civilización en crisis.

Desde otro ángulo, la creencia de que la naturaleza es un depósito inerme de mercadería potencial, está convirtiéndose en una idea que concita cada vez mayores rechazos. Toda la ecología, viejas tradiciones humanas multimilenarias redivivas, así como las más novedosas corrientes científicas físicas y biológicas, sustentan la convicción de que la naturaleza es una entidad superior al ser humano de la que forma irrefutablemente parte; de manera que todo lo que la humanidad haga sobre ella, repercute necesariamente sobre sí misma. Bajo el impacto de estos profundos cambios de visión y de las tremendas reacciones sociales provocadas por el frenético avance del mundo de los grandes negocios sobre las vidas de los seres humanos, la arquitectura institucional de las repúblicas democráticas y los organismos internacionales que guardan y protegen la dinámica civilizatoria establecida, se encuentra seriamente debilitada, cuando no decididamente cuestionada; complementariamente, la búsqueda afanosa de nuevas formas políticas sociales y económicas, recorre el planeta con intensidad creciente.

Y en todo este panorama actual de crisis civilizatoria, emerge un continente, el de la América mestiza o criolla, con tres características que lo convierten en la región con mayor potencial para iniciar un ciclo civilizatorio nuevo.

En primer lugar es el único continente del planeta compuesto por una población mestiza racial y culturalmente – producto de la mezcla de antiquísimas culturas indígenas con europeas y africanas – que recién está alcanzando la conciencia de tener una identidad propia y original; es decir, es un pueblo joven obligado a apelar a su creatividad para asentarse como tal.

En segundo lugar, al ser el continente con mayor cruzamiento de etnias y culturas distintas del mundo, dispone de una especial sensibilidad para captar y absorber las diferentes corrientes fácticas y mentales que recorren el orbe; por lo que las distintas problemáticas mundiales adquieren en él una significación particularmente intensa.

Y en tercer y último lugar, es el continente con mayor desigualdad social del globo, lo que hace que los conflictos derivados de la expansión y profundización de los negocios sobre amplios conjuntos poblacionales, impacten con mayor gravedad y, en consecuencia, con mayor potencial para generar enérgicas demandas de transformación.

 

Empezar a encuadrar los distintos hechos y las pequeñas o grandes crisis y luchas cotidianas en este marco, puede ser de gran utilidad para entender mejor dónde estamos y hacia donde estamos yendo.

 

 

Carlos Wilkinson

 

 

 


 

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